En el contexto alimentario actual mexicano, podemos ver un amplio panorama de diversidad (diversos colores de maíz, tortillas, diversidad de chiles, lechuga, etc.). Estas son conocidas como variantes y cada una de ellas posee características únicas que las diferencian entre sí. Las variantes de los genes de una población o especie se llaman diversidad genética. Dentro de las características que las hacen reconocidas están: color de la semilla, tamaño, forma, etc.
Estas variantes surgen de un proceso previo de selección natural que nosotros, como agricultores, realizamos de manera a veces inconsciente. Sin embargo, también existen inconvenientes, como el efecto de cuello de botella, ya que la selección casi siempre sucede en una fracción de los individuos del cultivo, lo que lleva a una pérdida de diversidad genética y un bajo índice de variantes. Con este efecto de cuello de botella, las nuevas variantes no son capaces de tener otros genes beneficiosos (resistencia a la humedad, resistencia a la sequía, resistencia a enfermedades).
Este proceso se ha realizado desde la existencia de la especie base de estas variantes, generalmente conocida como especie silvestre. La existencia de estos brotes y especies silvestres nos da la posibilidad de inducir nuevos genes a las variantes que se usan para el cultivo; este enfoque se llama hibridación de plantas o especies. Debemos tener en cuenta que, al igual que las especies cultivadas, las especies silvestres han continuado con su proceso evolutivo, adaptándose al entorno en el que se encuentran y mejorando sus capacidades fisiológicas. Por lo tanto, aún se obtienen beneficios al hibridar estas variedades con su ancestro silvestre.