Dentro del desarrollo que ha experimentado la sociedad en México, hemos presenciado la aparición y expansión de las ciudades. Esto conlleva ventajas como un aumento en la calidad de vida; sin embargo, también ha resultado en el deterioro, la desaparición e incluso la explotación excesiva de las zonas rurales, lo que ha llevado a la desaparición de los sistemas de producción. En el contexto alimentario, estos sistemas también están desapareciendo, y entre las causas se encuentran el desconocimiento de los alimentos tradicionales mexicanos y la variación descontrolada del clima en México, que afecta negativamente la sostenibilidad de estos sistemas.
Estos sistemas productivos son actividades y recursos utilizados para cultivar milpas, plantas e incluso criar animales con el fin de producir alimentos y productos agrícolas. México, siendo un país megadiverso con amplia biodiversidad y variaciones climáticas, cuenta con sistemas tradicionales, así como técnicas de agricultura industrial y orgánica.
Dentro de estos sistemas se destacan:
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Agricultura tradicional: basada en prácticas heredadas y conocimiento ancestral, con métodos como la milpa, un sistema de cultivo mixto que incluye maíz, frijol, calabaza, entre otros. Su enfoque principal es la sostenibilidad y la diversidad de cultivos.
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Agricultura de riego: caracterizada por el uso de sistemas de riego para asegurar la disponibilidad de agua, con cultivos de frutas, verduras y hortalizas.
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Agricultura temporal: depende de las lluvias estacionales para el riego y mantenimiento de los cultivos principales como maíz, frijol y trigo.
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Agricultura orgánica: evita el uso de productos químicos en el tratamiento de cultivos, empleando prácticas sostenibles como la rotación de cultivos y el uso de composta.
Es evidente la diversidad agrícola en México, que abarca diversos sistemas y prácticas. No obstante, también es crucial recordar que la biodiversidad incluye la variedad y variabilidad de plantas, animales y microorganismos utilizados directa e indirectamente en la agricultura.
Sus componentes clave son:
- Diversidad de especies: variedad de cultivos.
- Diversidad de ecosistemas: diversos sistemas agrícolas, paisajes y prácticas.
- Diversidad de prácticas y conocimientos: métodos de cultivo tradicionales y modernos, conocimientos indígenas y prácticas sostenibles.
Esta diversidad ofrece beneficios significativos, como la seguridad alimentaria, que garantiza que si un cultivo falla, otros puedan complementarlo o sustituirlo; la sostenibilidad ambiental, que mediante la diversidad de cultivos y la rotación mejora la salud del suelo y previene la erosión a largo plazo; y la adaptación al cambio climático, gracias a la diversidad genética y de especies que permite ajustarse a variaciones climáticas como sequías e inundaciones.